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El quehacer de una canción

Se despeña el reloj marcando el tiempo y no sé dónde están las notas. Puedo hacerme de un compás sonero, quizá una balada, un ritmo redondo un poco a lo Dylan, o simplemente arpegiar. Pero primero necesito 4 acordes para empezar, una reacción de versos en cadena, un leitmotiv sólido y con filo de gamuza.

La guitarra sigue recostada, se apagó incluso antes del tremendo nubarrón que cubre Miami. Me da miedo que vaya a reventar una cuerda, siempre destroza una de ellas cada vez que no la toco por largos períodos de tiempo. Supondrá que es demasiado esfuerzo tensar 6 cuerdas sin descanso, y sin recompensa alguna. No sabe la ingenua que hasta con 3 cuerdas se puede dar vida a una canción?

Para esa canción de 3 cuerdas sigo buscando tema. Y se me ocurre de pronto cantarle al bache de la 88 ST. Ese agujero indecente todos los días me lleva desde pensar qué hacer si, por su culpa, se me rompe el carro, hasta recordar algún tiempo de infancia donde deformé la llanta de una bicicleta cubana al estrellarla contra un tragante. Se le podría sacar melodía a eso, y el resultado sin dudas sería peor a El duende del bache, infausta composición del dúo Buena Fe. Otra idea que fracasa.

Con el gusto que deja una pizza de piña y pepperoni, no puedo evitar planear el uso de la moringa para mi fin. Una planta tan fecunda no podría menos que llevarse un Grammy a mejor canción del año. Entusiasmado, me vuelco en darle forma a una letra que narre la sufrida travesía de los cubanos durante los últimos 53 años, travesía y letra que han de desembarcar en un vasto campo sembrado de gloriosas moringas. Es un tema que no tiene fallo, es una canción que exige acordes oscuros y un compás guarachero. Es un verso que, junto con el Grammy, me traerá como premio la prohibición de entrada a la isla donde nací. Y allí están mis padres, mis amigos. Ergo, es una canción chantajista.

Del amor quiero escribir, los entresijos del corazón son rehenes para el triunfo de una balada. Pero ya está lloviendo, y me invaden las ganas de tumbarme en mi cama, bajo el fresco del viento húmedo. Aunque esté la guitarra rabiando y lista para deshacer alguna cuerda prisionera,  hasta que no escampe no haré más que pensar en el bache de la 88 ST, en la moringa, en la urdimbre que late en mi pecho. Será después una siesta plácida.

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3 Respuestas a “El quehacer de una canción

  1. Ve guardando lo q. escribes, por si lo puedes mandar a algun concurso. Tu papa.

  2. wow, qué bueno que regresas…:)

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