El planeta que cayó sobre un avión

MIAMI, Estados Unidos. -Estos 150 que iban en el vuelo de Germanwings corrieron la peor de las suertes. Peor que morir. Habían logrado despegarse de un planeta entero, de una bola de tierra sucia e irritada. Para coger un poco de aire fresco, para despojarse de los bobos que siempre invitan a tener los pies en la tierra, era necesario volar, irse al carajo, a las musarañas, marcar territorio, digo airetorio, allá en las nubes.

Pero ningún viaje es viaje si solo se va de ida, si solo se sube y se sube, y la bajada queda pendiente. Ningún camino es camino, si no se acaba nunca.

Ninguna de esta gente quería regresar, eso está claro, ¿no? Ni siquiera el copiloto, él era el más feliz de todos. Se quedaba mongo, mirando por la ventanilla de la cabina, viendo todo el cielo, las nubes y a sí mismo, enaltecido allá arriba. Le pidió al piloto que lo dejara solo un rato, mientras él intentaba entender algo que no le quedaba claro. ¿Era allí donde siempre le habían dicho que iría, una vez muerto, tras dar una vida buena, que no es lo mismo que darse la buena vida? ¿Por qué estaba allí, si no había muerto? Presintió entonces que el despegue del avión no había sido más que un parto, un nacimiento. Y que empezó a respirar tan pronto la nave logró sostenerse en el aire. Aquél vuelo era su vida, más claro ni el agua. También lo era para las otras 149 personas a bordo.

Allá arriba todos tomaron café, mucho café, el suficiente para desprenderse de esa molesta rutina que es dormir. Dormir no es más que irte en un avión a nosecuantos pies de altura. Dormir es nacer de nuevo y no entender nada, y por tanto, descansar en la dicha de no saber que cojones está pasando mientras duermes. Dormir es no tener los pies en la tierra. Por eso, los 150, que no querían dormir, se tomaron todo el café que había.

Allá arriba cada uno se sentó a mirar por la ventanilla, a atrapar esa certeza de saberse vivo, de saberse nacido minutos antes, en el despegue. Volaron y volaron los 150, todo lo que dura una vida, sin apartarse del cristal. Envejecieron a su tiempo, sin dormir jamás, apartando las canas largas de sus ojos, para poder ver hacia afuera. Mientras, el avión volaba. Voló por años.

El piloto nunca salió del baño. No quería interrumpir la vida buena, que no es lo mismo que la buena vida, de su compañero en la cabina. Y allí se quedó el hombre encerrado, privándose de mirar por la ventanilla, sentado en el inodoro, riéndose como loco mientras pensaba en lo feliz que era. ¡Más nunca tendría que agarrar el timón de 150 vidas!

Y entonces sobrevino el impacto. Un estruendo sordo reventó las ventanillas de la cabina. El copiloto, segundos antes, mientras miraba hacia afuera, había visto como, de repente, un planeta entero les caía encima. No tenía idea de dónde venía aquella esfera de tierra sucia e irritada, pero sabía que era la muerte. Su corazón se aceleró a tal punto, que el hombre bueno murió de un paro cardíaco, milésimas de segundos antes de estrellarse La Tierra contra la aeronave.

El vuelo de Germanwings terminó así, con un planeta suicida lanzándose sobre 150 vidas a bordo de un Airbus A320. Porque ningún vuelo es vuelo si solo va de ida, si solo sube y sube, y la bajada queda pendiente. Ninguna vida es vida, si no se acaba nunca.

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2 Respuestas a “El planeta que cayó sobre un avión

  1. Me gusto muchoo!!!!! 🙂

  2. waw, mi hijo, me hiciste llorar!!!

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